Alguien voló sobre el nido de Kukoc

Gonzalo Vázquez regresa a las páginas de ACB.COM con el fascinante relato del fichaje de Toni Kukoc por los Chicago Bulls. Historia que desmenuza escrupulosamente, adentrándose en los entresijos y personajes más relevantes involucrados en la adquisición del entonces más deseado de Europa. En esta primera entrega, conocemos cómo se fraguó su elección en el draft y los reiterados intentos para incorporarle al equipo, un fichaje complejo que además despertó el recelo de Michael Jordan y Scottie Pippen

Con el desdén del hombre poderoso Jerry Reindsorf dejó todos aquellos papeles sobre la mesa según los había recibido y se recostó suavemente en el sillón cruzando las manos sobre el pecho.
-Muy bien, soy todo oídos –dijo mirando a los dos hombres que tenía delante.
Krause tomó la palabra. No en vano era él quien había viajado a Split. Phil sabía que con Krause por medio era inútil querer hablar, así que prefirió seguir callado.
-Vamos a ver: es un 2.08, ligero, muy ligero, y rápido. Se mueve como un base. Allá le comparan con Magic Johnson.
-Ja, esos idiotas...
-No, Jerry, créeme. Es muy bueno. Mucho mejor de lo que imaginas. Nadie sabe muy bien qué es lo que hace mejor, si tirar, o pasar, o cargar con todo un equipo él solo. Lo hace todo bien. Mira, mira aquí.
Krause removió los papeles hasta señalar algo con el dedo.
-¿11 de 12? ¿Qué es esto?
-Triples, son triples. ¡11 de 12 triples! ¡Y es más alto que Horace! Nos masacró, Jerry. Nos masacró él solo. Esto fue en el Mundial junior hace tres años. Antes había ganado otro campeonato que organizan allí. Lleva ya dos campeonatos de Europa con un equipo de ensueño. Pero eso es por él, porque él está allí. El verano pasado volvió a ganar con su selección y...
Krause siguió hablando apresuradamente durante un buen rato –“Lo está ganando todo, ¡todo!”– hasta que sus palabras sonaron como un zumbido, y propietario y entrenador se cruzaron una mirada cómplice.
-Vale, Jerry. Es suficiente. Phil, tú qué dices.
Jackson, como de costumbre, tomó su tiempo antes de responder.
-Sí. Es muy bueno. Mejor que Divac, ese pívot blanco de Los Angeles que ha sorprendido a todos. Puede que no hayamos visto nunca un extranjero como él.

Poco antes del draft de 1989 el mismo Jackson, obrando al margen de Doug Collins, había sugerido a Jerry Krause vigilar muy de cerca a Vlado Divac. “No te importe utilizar la primera. Y si no ha salido para cuando nos vuelva a tocar, hazlo entonces”. Krause traicionó aquella petición por dos veces. En los corrillos previos a las elecciones los nombres de Divac y Radja sonaban de lejos a la inmensa mayoría de mánagers, algunos de los cuales no ocultaban un manifiesto desprecio. “¿Quién? Venga, Jerry, no voy a desperdiciar mis números. Hazlo tú si quieres”. Nadie confiaba en los europeos. “With the sixth pick... Stacey King. (...) With the eighteenth pick... B.J. Armstrong”. Cinco minutos después David Stern pronunciaba con torpeza el nombre de Vlado Divac y un equipo, Los Angeles Lakers. “Imbécil”, musitaría Jackson a la pantalla.

-Muy bien, vete a por él.

El 27 de junio de 1990, dos meses después de ganar el yugoslavo su segunda Copa de Europa y otros dos antes de adjudicarse un Campeonato del Mundo pese a la presencia, otra más, de los Estados Unidos, los Bulls de Chicago blindaban sus derechos sobre Toni Kukoc, convencidos de que su elección motivaría su salto inmediato. No habían pasado ni dos horas cuando Jerry Krause echó el lazo sobre Herb Brown, cesado por el Joventut en marzo, como ojeador en Europa. Mediado aquel verano se celebraron en Seattle los Goodwill Games con la presencia de todas las selecciones importantes de la escena internacional, lo que suponía una magnífica oportunidad de verle en directo.

-Phil, ¿qué tal si vamos a Seattle? Hablemos con él.
-Jerry, ¿tengo que contestar ahora?

Phil Jackson estaba en otra cosa. Y en otra casa. En 1973, justo después de ganar su segundo anillo, Jackson había empleado parte del dinero acumulado en adquirir un terreno de nueve acres en la profunda Montana, donde levantó una casa como lugar de retiro estival. Desde entonces no había faltado a su cita con la calma. Y tampoco lo haría ahora. Atenuar las viejas molestias en la espalda, secuela de su carrera como jugador, y sobre todo, disponer mentalmente todo el proyecto de la nueva temporada en Chicago, ocupaban sus prioridades. De ese proyecto Jackson sentía además que Kukoc no formaría parte. Y una intuición era para él una orden. “Jerry, no voy a ir. Ve tú si quieres”.

Yugoslavia se anotó la victoria en Seattle. Otra vez resultó muy sencillo deshacerse de soviéticos y americanos. La lectura de aquel torneo, al que Yugoslavia se presentó con notables ausencias, es que parecía una cuestión menor el suplemento de jugadores de que rodear a Kukoc. Éste lo seguía ganando todo. Por encima de un grupo compacto formado por Luka Pavicevic, Zoran Cutura, Zarko Paspalj, Zeljko Obradovic, Zoran Jovanovic, Dino Radja, Sabahudin Bilalovic, Velimir Perasovic, Yurij Zdovc, Radislav Curcic, Arijan Komazec y Zoran Savic, volvió a descollar de modo aplastante el espigado Toni Kukoc, a quien Ivkovic dejaba dirigir a placer para asombro de los americanos allí presentes, que comenzaron a referirle en efecto como “A White Magic”. Sin apenas descanso entre uno y otro torneo, Yugoslavia asombró en el Mundial de Argentina con una abrumadora superioridad. No era ya cuestión del marcador (llegaron a aventajar por 19 a los americanos y hasta por 30 si hubiera hecho falta). Sino de una brillante resolución de juego que con Kukoc como detonante relegaba la táctica posicional tal y como lo hacía la mejor NBA, de la que se verían obligados a echar mano a partir de entonces.

Ya en su sexto año en Chicago Michael Jordan venía observando un firme compromiso de franquicia que él mismo denominó “De-Michaelization”. La cara amable de este proceso era, a su juicio, la mejora del equipo en su nombre. Pero había otra que no aceptaba precisamente con agrado: la toma de decisiones a su margen. Algunas de ellas pasaban por el traspaso de Woolridge, la adquisición de Sellers y la pérdida de Oakley por un Cartwright cuyo fichaje solamente los futuros resultados le harían aceptar. Pero las verdaderas motivaciones de su creciente hostilidad residían en el salario y los conceptos de imagen. Michael quería más dinero y un “mayor respeto” a su imagen. Desde su llegada a Chicago se había desarrollado un proceso sin freno que identificaba a toda la franquicia de Chicago con Jordan, principio y fin de todos los esfuerzos de marketing. Y así fue hasta que ese mismo departamento experimentó la sensación de estar sometido a una sola cosa. Paralelamente aumentó en Jerry Krause un resentimiento hacia Jordan, al que veía como un obstáculo para la consecución de sus planes. Krause y Marketing acercaron posturas. El mánager reforzó incluso la postura crítica de sus creativos haciéndoles ver que el éxito en el taquillaje y ventas no tenía en Jordan el motivo, sino en su duro trabajo diario de promoción. “¿Sabéis lo que os digo? –Krause era muy locuaz–. Sólo me arrepiento de una cosa. No haber elegido a Olajuwon. A estas alturas tendríamos dos anillos”. El contenido de estas palabras no tardaría en llegar a oídos de Jordan, cuya paciencia pudo agotarse del todo al ver en la portada del calendario oficial de Chicago para la temporada de 1990 a Scottie Pippen. Aquélla era la primera vez que Jordan no ocupaba la portada de una publicación interna.

En consecuencia Jordan decidió reducir su cooperación con las campañas del equipo y, en cambio, aumentar la de sus firmas privadas, como probaba su viaje a España en aquel mes de septiembre. No contento con ello, aprovecharía la menor operación para mostrar su discordia. Así fue como despreció profundamente la elección de Toni Kukoc. Desprecio que aumentó al saber que Chicago iniciaría el diseño de un plan para potenciar la imagen del yugoslavo como símbolo de renovación, y que en ese propósito emplearía la organización buena parte de sus esfuerzos. El primero de ellos fue hacer llegar a Kukoc una misiva en la que se le dejaba bien claro que por mucho dinero que le ofrecieran en Europa, Chicago podría superarlo con facilidad. Así pues, Jordan encontró en Kukoc un magnífico pretexto para justificar su abierta hostilidad a la nueva política del club. Rechazó colaborar en las promociones y decidió, como nunca antes, preocuparse tan sólo de sí mismo. Ese tal Kukoc podría ser la esperanza de toda esa gente, pero desde luego que no la “suya”. Así en los entrenamientos no escatimaría veneno en sus comentarios alentando la discordia entre sus compañeros. “O sea que ya le ven como una futura estrella en esta liga. Ya. Espera a que reciba un codazo de Laimbeer y verás cómo no vuelve a oler la pintura. Yo no digo que no sea bueno. Seguro que lo es contra todos esos ‘amateurs’. Pero no tiene ni idea de lo que es la NBA”.

Precisamente en una de esas sesiones tuvo lugar el primer encuentro entre Jordan y Krause con Kukoc por medio. Para Krause, convencer al yugoslavo era tan sencillo como que Jordan se lo pidiera personalmente. Una mañana el directivo aguardó paciente en un rincón del Multiplex, el pabellón de entrenamiento, a que Michael se quedara tirando a canasta en solitario.

-Hey, Mike, contigo los reboteadores lo llevan mal, ¿eh?
Michael siguió tirando como si nada. Si algo no soportaba de aquel tipo es que fuera incapaz de ocultar sus intenciones.
-Verás, habíamos pensado que si fueras tú quien le llamase y le pidieras...
No le dejó terminar.
-Olvídate. Yo no hablo yugoslavo.

Krause siguió a lo suyo, que en aquella temporada de 1991 se redujo al ciego afán por aprontar la llegada de Kukoc. Y conseguirlo a costa de lo que fuera necesario, paz interna incluida. El caso es que Kukoc, de 22 años, ya se había manifestado al respecto. Estimaba saberse elegido por Chicago, pero aún no quería probar en la NBA. Krause no daba importancia a eso. Pensó que jugar junto a Jordan era una oferta irrechazable y así, inmune a toda resistencia, el mánager convenció al propietario para dejar intactos de la masa salarial 2 millones de dólares que utilizar en el caso de que Kukoc cambiara de opinión.

-¿Estás seguro de hacer esto ahora, Jerry? No sé hasta qué punto nos conviene dejar a los jugadores por debajo del tope.
-Créeme, sólo es cuestión de insistir un poco y enseguida dirá que sí. Hay que estar prevenidos para cuando llegue el momento.

El 28 de diciembre las cosas seguían igual. Sólo que aquél fue el día en que Krause viajó por segunda vez a Split para hacer entrega a Kukoc de una camiseta de los Bulls con su nombre y dorsal, así como una invitación para viajar al Stadium, maniobra tras la que según Krause el yugoslavo caería hechizado. “Que lo vea, que vea todo esto en vivo. No podrá resistirse”. Para dar más empaque al asunto, el directivo había estrechado lazos con la comunidad yugoslava de Chicago y presentó al jugador un amplio dossier que incluía información detallada de la colonia residente, así como firmas y citas de alguno de sus miembros más relevantes. Krause le confió además la contratación de un intérprete que acompañaría al jugador en todo momento, incluso en el banquillo. Era cierto. Krause había empleado ya un dinero en ello, colando a un tipo en la organización bajo el peregrino cargo de “assistant trainer”.

La obsesión de la directiva por hacerse cuanto antes con Kukoc pasó a ser un secreto a voces. Gran parte de culpa residía en la torpe indiscreción de Jerry Krause, quien no dejó ni un segundo de maquinar la trama para sacar al yugoslavo de su país, arrastrando en el intento al propietario de la franquicia. Fue de hecho la congelación salarial impuesta por Jerry Reindsorf lo que verdaderamente encendió los ánimos de los jugadores tan pronto supieron que el motivo no era otro que Toni Kukoc, quien para colmo persistía indiferente al cortejo. La política de recortes se había iniciado ya en verano, con el fichaje a la baja de Cliff Levingston. Atlanta le garantizaba 4 años y 4 millones, pero su agente, Roger Kirschenbaum, exigía un mínimo de 5,4 millones. Cuando tocó negociar con Reindsorf, jugador y agente se sintieron insultados. “750 mil por un año con opción a otro y mejora. Es lo que puedo ofrecerte. Si obtienes algo mejor, adelante”. Levingston ganaría más en Europa y así se lo hizo saber a Chicago. A los pocos días, el alero firmaba contra reloj aquella limosna.

A ello siguió la situación de John Paxson, a quien Jerry Krause no quería en su proyecto. “No hará falta ni quitárnoslo de encima. Me juego el cuello a que antes de febrero dejará de ser titular. Armstrong se encargará de ello”. Recién iniciado el año Krause pensó en largarle y emplear su dinero en mejorar la oferta a Kukoc. No parecía servir de mucho que Paxson llevara seis años en Chicago sin levantar la voz a pesar de que con 320 mil dólares de sueldo, fuera el base titular peor pagado de toda la liga. Scott Williams y Bill Cartwright sufrieron igual indiferencia. Pero el caso de Pippen era el más sangrante. Desde antes de iniciarse la temporada el jugador aguardó a que la directiva le comunicara su intención de renovarle. Pasaron las semanas y los meses y nadie habló con él. Cuando en enero la prensa de Chicago desveló la oferta en firme que se le había hecho llegar a Kukoc los sentimientos de la plantilla hacia el yugoslavo pasaron de la velada reserva a la más expresa animadversión. Resultaba que en su visita de diciembre, Krause había ofrecido a Kukoc nada menos que 15,6 millones de dólares por 6 años. Como ultimátum se requería del jugador una respuesta antes de terminar enero. La prensa añadía que por esta circunstancia la masa salarial del equipo estaba casi 2 millones de dólares por debajo del tope, lo que situaba el payroll de Chicago en uno de los más bajos de toda la NBA. Los jugadores rompieron con la directiva, quedando a merced de sí mismos con Jackson y la terapia de pista (9-4 en enero) como única tutela.

Para la plantilla la realidad era clara: la directiva estaba entregada a una fantasía que les estaba costando dinero. Además de tener que escuchar multitud de veces todo lo bueno que podía llegar a ser quien no estaba allí con ellos, se le estaba ofreciendo una millonada a un jovencito europeo que, además de hacerse de rogar, podía robarles el puesto a cualquiera de ellos, sensación que Pippen hizo radicalmente suya. Jordan estalló terminando enero, mes que transcurrió sin respuesta alguna de Toni Kukoc. “Me parece que no están interesados en ganar. Sólo en vender entradas, cosa que están haciendo a mi costa. No están dirigiendo el negocio a hacernos mejores. Y luego está el tal Kukoc. De verdad que me asquea ese tema. Están perdiendo el tiempo en perseguir a ese tipo”. El resto del equipo, con Kukoc como chivo expiatorio, asumió como valientes las declaraciones de Jordan e incluso como altruistas, cuando lo que en realidad podía motivarlas era saberse el sexto jugador mejor pagado de la NBA por detrás de Olajuwon, Ewing, Robinson, Perkins, Magic Johnson y muy pronto John Williams.

Reindsorf y Krause reaccionaron como de costumbre: de manera oblicua y distante. Una mañana Jordan se vio firmando en la puerta de casa el recibo de un paquete postal con remite de las oficinas del club. El paquete contenía un total de 6 cintas de video cada una de las cuales repetía el nombre de Toni Kukoc. Acompañaba al envío un escueto mensaje que invitaba a Jordan al visionado de las cintas para terminar de convencerse. Michael no solamente no vería nunca aquellos videos, sino que acto seguido llamó a su representante, David Falk, dominado por algo muy cercano a la furia.

-David, quiero que escuches atentamente lo que te voy a decir y que hagas exactamente lo que te pido.
-Adelante.
-Si viene Kukoc, si te enteras de que hay algún movimiento para traerlo ahora y sobre las cifras que se han hablado, peina el mercado. Estoy dispuesto a largarme.
-¿¡Qué!?
-Lo que oyes.

Las cosas no mejoraron. Antes bien se torcieron un poco más cuando a los oídos de Jordan llegó una nueva promesa hecha sobre Kukoc: nada menos que la titularidad como base del equipo. Como quiera que no hubo novedad la lógica de Jordan procedió entonces del siguiente modo: uno, estaba convencido que el yugoslavo no venía por miedo; dos, la presión podría con él; tres, el fichaje resultaría un fiasco; y cuatro, si todos los esfuerzos de la franquicia se habían entregado a la adquisición de un fiasco en un momento tan delicado, él se largaría. Jugarse un órdago de este calibre ante Reindsorf era una carta que podía esperar. Mientras tanto cabía la presión sobre la directiva.

-Jerry, supongo que ya te habrás dado cuenta que ese tipo pasa de nosotros. ¿Has pensado en la posibilidad de traspasar sus derechos por algo “real” que nos pueda venir bien ahora?
-Michael, no me gusta el tono con el que me estás hablando...
-¡Hablo en serio, Jerry!
-¡Sólo te pido tiempo! Puede que todo esto termine antes de lo que esperas.
-¿Esperar? Ése es el problema. Vosotros esperáis algo. Yo no espero nada.

Jackson se estaba manteniendo al margen de todo cuanto ocurría por prudencia. Incluso eludía las chanzas de los jugadores en los entrenamientos
-"Con esa cara de donut, ¿a quién quiere convencer?"- que tenían a Krause como diana. "Pensará que todos los americanos somos como él. Yo tampoco vendría". La postura del entrenador tenía su lógica. Chicago se disponía a consumar la mejor temporada de su historia y no era momento de avivar el fuego. Pero todo hombre tiene su paciencia. Y el recelo de Jackson al quehacer de la directiva se hizo patente cuando comunicó a Reindsorf que Kukoc les estaba utilizando para aumentar su caché en Europa. "A estas alturas ya sólo tengo clara una cosa: no es tonto". Krause aprovechó la ocasión para involucrar a Jackson en su película. Rogó al entrenador una llamada personal a Kukoc. "Dile que dispondrá de minutos. Creo que ahí está
el problema". Jackson aceptó llamar, pero más por convencerse a sí mismo que por amoldarse a las quimeras del mánager. Cuando las palabras de la conversación telefónica se contaban con los dedos y cada silencio era nueva duda, Jackson se atrevió a decir basta. "Mira, chaval. Hasta aquí hemos llegado. O coges el tren o este tren se larga".

Discurría febrero y el enfado de los jugadores pendientes de revisión contractual aumentaba cada día. La directiva parecía haber desaparecido y un Jordan desafiante llenaba de dardos los titulares de prensa aun en medio de 11 victorias seguidas. "Vale, estamos ganando partidos. ¿Y qué? El año pasado también. Pero ¿cómo estaremos en play offs dada la situación de algunos jugadores? ¿Cómo es posible que John Paxson siga sin decir nada de lo que cobra? Le están jodiendo. Esas cosas son las que no soporto. Es nuestra última oportunidad de ganar algo. Y ellos pensando en... Kukoc".
Reindsorf se vio obligado a reaccionar. A los pocos días llamó a Pippen y su representante, Kyle Rote, en una conversación a tres. El propietario se disculpó por la tardanza justo antes de aclarar los motivos. Acordaron una extensión de 5 años por casi 18 millones. Pero había un problema que Reindsorf expuso a las claras: la espera que estaba forzando Toni Kukoc. Si Kukoc decía que sí, necesitaban un montante hábil de 1.8 millones. En caso contrario ese dinero iría a para a las manos de Pippen. "Sólo necesito un poco de tiempo. Te doy mi palabra de que hablaremos sobre esa revisión. Incluso si te lesionaras, te garantizo que las condiciones serán las mismas. Pero es muy posible que no podamos hacer nada hasta que finalice la temporada. ¿De acuerdo?". Con profundas reservas y un rencor, ahora sí, enquistado hacia Kukoc, Pippen asintió.

Al día siguiente de aquella conversación Reindsorf y Krause montaron en avión para emprender un agotador viaje de 19 horas con destino a Split. Pasarían el último fin de semana de marzo tratando de convencer a la familia del joven. Aquella urgencia venía motivada en el rumor, cada vez más sólido, de que al término de aquella campaña Kukoc ficharía por la Benetton por unos 4 millones al año. Chicago ofrecería 6 años y 15.4 millones, unas cifras que no enamoraban a la representante del jugador, Mira Poljo, quien avistaba más cercano y sonante el dinero europeo. Poljo era bosnia de nacimiento, pero su matrimonio con un boloñés resultaría fundamental para abrir a Kukoc la vía italiana. Antes de presentarse en la casa, la pareja de directivos fue convenientemente informada de que la prensa yugoslava había liado aún más la
madeja asegurando que Kukoc no iba a la NBA por problemas con el contrato de Pippen. "Maldita sea, Jerry, ¿qué es toda esta mierda?".

A ojos de la familia Kukoc, de condición humilde, la llegada de aquellos dos tipos de radiante traje causó la misma impresión que una visita extraterrestre. Los padres del jugador no sabían nada de los Estados Unidos a excepción de que estaban muy lejos. Krause ocupó el papel técnico informando a Kukoc de las positivas condiciones del equipo en la liga y lo mucho que él podría ayudar a mejorarlas. Con la más radiante de sus sonrisas, Reindsorf les habló de la abundante colonia yugoslava residente en Chicago y su fácil acceso a la prensa de Belgrado. "Yo tengo 4 hijos entre los 21 y los 28 años. Les aseguro que Toni será el quinto. Lo trataré como a uno de ellos". Los dos americanos no esperaban una fiesta eslava en su honor, pero lamentaban en silencio la visible frialdad con que fueron recibidos, situación que la novia del jugador se encargó de alentar en los últimos instantes del domingo pese a los esfuerzos de Sandra, la hermana mayor del jugador, por impedirlo. "Lárguense de aquí. Toni no va a ir a ningún sitio". El propietario no dio mayor importancia al incidente y ambos se despidieron con la conciencia tranquila, pensando en haber hecho lo que debían y hasta persuadidos de que Kukoc diría que sí. A esas alturas y de tanto insistir sobre lo mismo, mánager y directivo se habían convencido de que aquel chico era la pieza final del puzzle para lograr el anillo.
Reindsorf iba incluso más allá, creyendo ver en el yugoslavo al sucesor de Jordan a la retirada de éste, seguramente temprana tal y como él mismo había manifestado. Mientras aquella última escena de domingo se producía pero a miles de kilómetros de allí, el equipo caía derrotado en el Boston Garden en el mejor partido de toda la temporada (135-132), dirimido tras dos prórrogas
y retransmitido para toda la nación. Al término de la primera prórroga Jordan había logrado anotar a la media vuelta ¡desde el banquillo celtic! Aquella canasta, una de las más increíbles de su carrera, terminó invalidada por el reloj.

Ya de regreso, el mismo lunes inicio de abril, los artículos sobre el viaje de Reindsorf se multiplicaron. Pippen volvía a aparecer en ellos como la víctima propiciatoria. Y los compañeros, lejos de moderar sus ánimos, le hicieron ver que el equipo pretendía a Kukoc mucho más que a él. Y Krause no acudiría en su ayuda. Todo ello encajaba a Pippen, más aún cuando la semana anterior había sufrido un fuerte encontronazo con Krause, quien en el apogeo de la discusión le había llegado a reprochar que de no ser por él Pippen no estaría en Chicago. "Nunca olvides que fue cosa mía sacarte de Seattle. Me lo debes todo". Días después el Chicago Sun-Times se hacía eco del terrible enfado de Pippen por el viaje de sus directivos a cortejar al yugoslavo, mientras él seguía sin saber nada de su revisión de contrato. El artículo destacaba unas palabras en las que Pippen se preguntaba por qué habría de seguir jugando duro lo que restaba de temporada si ése era el modo en que estaba siendo tratado.

Krause no se dio por vencido. Viajó a París para ver la Final Four tras la que la Jugoplastika, ahora Pop-84, se proclamaba por tercera vez consecutiva campeona de Europa. El equipo había perdido a Ivanovic, Sobin y Radja, pero daba igual. Kukoc seguía tocado por la varita divina que le hacía ganarlo todo. En aquel trienio irrepetible había logrado enlazar la Liga Yugoslava, la Euroliga, el Europeo de Zagreb, nuevamente a Liga, la Copa, la Euroliga, los Goodwill Games, el Mundial, y de nuevo la Liga, la Copa, la Euroliga y el Europeo de Roma, lugar este último adónde había ido a parar su amigo del alma Dino Radja, lo que terminaría por motivar una última decisión que pronto iba a coger a traición a los tiburones de Chicago. Mientras tanto Krause intentó una vez más la llamada de Jordan, con la rotunda negativa por respuesta. Los jugadores se sentían humillados. Los poderes de toda una franquicia NBA se estaban arrodillando ante aquel extranjero. Solamente el dinero empleado en los viajes de Krause a Split, tres en pocos meses, habría servido para incentivar el salario de Paxson. "Ellos no hacen más que llenarse la boca con la palabra "lealtad". Pues ahora tienen la ocasión de demostrarlo". Aquellas fueron las últimas bocanadas de Jordan antes del término de la Regular. El 21 de abril un premonitorio triunfo sobre Detroit en el Stadium ponía el broche final a la mejor temporada en la historia de Chicago (61-21). Pero el ánimo de los jugadores no parecía reflejar aquel éxito. Pippen seguía sin obtener respuesta y Reindsorf, consciente de su enésimo desaire, se vio forzado a improvisar un escrito por el que se comprometía a extender el contrato de Pippen por 5 años. Los casos de Paxson y Cartwright seguían detenidos, igual que Scott Williams, quien dirigió su mirada a Europa en cuanto escuchó de su agente que a lo peor Chicago no ejercía la opción de su año restante. A Dennis Hopson le entraron ganas de abandonar el pabellón terminando el partido contra Detroit. El día de su fichaje, Krause le había prometido el sexto o séptimo lugar de la rotación. No sólo nunca fue verdad, sino que en la última noche de Regular, Hopson fue el único que no saltó a la pista. Tras el partido se pudieron escuchar todo tipo de "lindezas" hacia Jerry Krause, Jerry Reindsorf y, cómo no, Toni Kukoc. Jackson estaba muy preocupado. Arrancaban los playoffs.

En la madrugada del viernes 10 de mayo Jerry Krause dormía a pierna suelta
en el hotel de Philadelphia donde se alojaba el equipo, entre el tercer y
cuarto partido de segunda ronda. Poco después de las cinco de la mañana sonó
el teléfono de la habitación. "Jerry, malas noticias. Kukoc ha firmado con
Benetton por 6 años. Jugará en Italia. Así que ya podéis olvidaros de él".
Krause se quedó helado. Escuchaba incrédulo a su secreto interlocutor, que
siguió diciendo que el yugoslavo había visto en la TV croata un reportaje
donde se decía que los pesos pesados de Chicago, y en particular Jordan y
Pippen, no le querían ver allí ni en pintura. En pijama y empapado por un
sudor frío, Krause salió corriendo al pasillo y aporreó la puerta de la
habitación de Jackson, y acto seguido hizo lo mismo con la de Cartwright.
"Ha pasado... ha pasado algo terrible, ¡terrible!". Pensaron que alguien
había muerto o que Krause sufría alguna pesadilla. Mientras el mánager se
despachaba, decidió que el pívot llamara inmediatamente a Toni Kukoc para
desmentir aquellos rumores que, según él, habían echado todo al traste.
"Estás loco si piensas que voy a llamar otra vez". Cartwright tenía motivos
para objetar. La última semana de abril había accedido ingenuamente a la
misma petición que Krause le hacía ahora. El pívot fue el último en hablar
con Kukoc. Ya le había extrañado no obtener respuesta del yugoslavo al
confesarle que sería muy bien recibido. Durante aquella conversación Kukoc
no hizo pregunta alguna. Para Krause había sido imperdonable que Cartwright
cometiera el error de que, en lugar de decirle que Jordan le iba a llamar,
le indicara que le iban a pedir a Jordan que le llamase. "Olvídalo, de
verdad. No es necesario", fue todo cuanto Kukoc pronunció. Matiz o paranoia,
Krause parecía ser entonces el único en no entender el significado de
semejante respuesta.

Aquel cuarto partido fue emitido por la NBC para toda la nación. Al descanso
Mike Fratello y Marv Albert acomodaron entre sí a Jerry Krause para una
entrevista premeditada, agresiva. Albert tardó nada en apretar al mánager
alegando que era ya público y notorio el profundo rechazo que despertaba
Kukoc en la plantilla, a lo que Krause respondió con una serie de balbuceos
cuya torpeza obró el efecto contrario al deseado. Era inútil negar nada.
Alguien debería haberle informado de lo ocurrido con Jordan y Pippen en los
prolegómenos del partido para inmenso regocijo de las cámaras.
"Fantástico -había respondido Jordan al enterarse-. Ahora algunos jugadores
van a recibir la mejora que merecen. Más de uno va a alegrarse por ello".
Pippen consumó la ronda: "Puede que por fin consiga ahora mi nuevo contrato".
De regreso al hotel y pese a la victoria, que adelantaba a Chicago por 3 a
1, un enfurecido Krause echaba pestes sobre Marv Albert, de cuya culpa no
dudaría si la negativa de Kukoc fuera definitiva. "Todo eso es mentira y va
a pagar por ello. Lo voy a hundir". Jackson caminaba a su lado. "Déjalo ya,
Jerry, todo se ha acabado". Aquel partido fue emitido íntegramente por la TV
croata. Las entrevistas fueron traducidas sobre la marcha y Kukoc fue
testigo mudo de todo lo ocurrido.

Un mes después el mundo cambió para Chicago, ciudad del equipo campeón de la
NBA. "Pásate el lunes por las oficinas". Aquel lunes 17 Scottie Pippen
firmaba su extensión soñada antes de que cayeran, sucesivamente y por este
orden, las de Cliff Levingston, John Paxson, Bill Cartwright y algo más
tarde, Scott Williams.

Entretanto, un 20 de mayo Sports Illustrated había especificado las
condiciones del contrato de Kukoc con la Bennetton: 13.3 millones de dólares
por 6 años, una cifra inferior a lo que ofrecía Chicago. Lo que no contaba
la revista era que Kukoc había alcanzado un acuerdo con el magnate Gilberto
Benetton nada menos que en febrero. Un triángulo formado por la
representante del jugador, Mira Poljo, residente en Bolonia, su gran amigo
Dino Radja, en Roma con la Virtus, y el balcánico Petar Skansi, técnico
entonces en Treviso, había sido más que suficiente para encontrar Kukoc el
calor de los suyos no muy lejos de su pueblo natal. Aquella "distancia" no
era una cuestión menor. El "yugo" eslavo de la guerra había vuelto a caer
sobre una tierra históricamente fracturada y Kukoc declinó alejarse de su
familia, por cuya vida temía seriamente. "STOP THE WAR IN CROATIA", rezaba
la enorme pancarta que portó en París el Slobodna Dalmacia de Split tras
caer a manos del Joventut en el McDonald's. El ocaso de aquel verano, el de
mayor fractura entre Chicago y el jugador desde que fuera elegido, el del
último oro de Yugoslavia como selección y precisamente en el mismísimo
corazón de Italia, fue empleado por el croata para suplicar a sus padres y
hermana que escaparan al conflicto y residieran con él en Treviso. Lo
consiguió. Pero a los dos meses la familia regresó a una Split bombardeada,
con electricidad tan sólo de siete a once de la noche, donde no había gas ni
luz para preparar el café por las mañanas. Fue inútil insistir. Sus padres
preferían aquello a abandonar el escenario donde había discurrido toda su
vida. Kukoc no dejaría de enviar periódicamente dinero, comida y ropa a su
barriada natal durante su periplo "italiano", que nunca lo fue del todo.

Los siguientes encuentros con Chicago tuvieron lugar, quién lo iba a decir,
en plena pista de juego en terreno neutral, Barcelona, donde los Estados
Unidos no discriminaron genocidio alguno. Así arrasaron en la primera fase a
Croacia por 33 puntos de diferencia. Pippen había pedido expresamente a Daly
marcar a Kukoc, a quien dejó en un paupérrimo 2 de 11. Días después la final
olímpica selló la diferencia en 32. Pero un Kukoc algo más rodado pudo
soltar lastre y escapar a su sombra terminando el encuentro con 16 puntos, 5
rebotes y 9 asistencias. Jordan había alcanzado una nueva gloria y, motivado
por la generosidad del momento, enfiló decidido sus pasos hacia él entre el
tumulto y allí le dirigió sus primeras palabras -"Maybe I'll see you in
Chicago"- que solamente por quien las pronunciaba, más que a guiño, sonaron
a orden.

A los pocos días de caer derrotada la Benetton por el Limoges de Maljkovic
en la Final Four de 1993, Kukoc dijo basta. Los torturantes 55 puntos de
aquella final fueron la estocada. Europa había dejado de divertirle y así se
lo hizo saber a Gilberto Benetton sin siquiera comunicárselo antes a su
agente, ya entonces Luciano Capicchioni, cuya graduación por Michigan State
y confianza de Poljo granjearon la suya propia. Kukoc pertenecía a la última
generación de yugoslavos que había conocido la tradición de gestionar
directamente su propio tráfico, sin intermediarios. El clamor del Palaverde,
atestado de pancartas aquel cierre de temporada para que Kukoc se quedara,
resultaba entrañable. Pero insuficiente. Estaba decidido. Benetton fue
generoso rescindiendo los cuatro años restantes de su contrato. En aquel mes
de mayo de 1993 Sports Illustrated se hizo eco de la noticia, anticipada en
boca del propio jugador: "Ya no me quedan más desafíos aquí". El siguiente
paso era pues la NBA. Así el sábado 19 de junio de 1993, en la víspera del
tercer anillo consecutivo logrado por Chicago Bulls, Toni Kukoc rubricaba
por fin el pase que le vincularía de facto a la franquicia soñada.

Jordan ya no estaba y el minutaje fue generoso. Como sexto hombre, Kukoc
terminó siendo incluido en el segundo quinteto ideal de novatos. Parecía
inevitable que la prensa husmeara durante todo el año en el vestuario rojo
tratando de hallar una prueba fehaciente al consabido rumor: que Pippen
apenas dirigía la palabra al extranjero más allá de lo estrictamente
necesario. Chicago ocultó muy bien sus vergüenzas aquella campaña. Sin
embargo, el episodio por el que suspiraban los maledicentes llegó, con
inusitada crudeza, en la tarde del viernes 13 de mayo de 1994, durante los
últimos instantes del tercer partido de segunda ronda ante New York Knicks,
cuya ventaja en la serie era ya de 2 a 0. Los Knicks acortaron la ventaja en
los últimos minutos hasta lograr el empate a 102 a falta de 1.8 segundos
para el término. Pippen había cometido un flagrante error de tiro en la
última posesión, lo que irritó a Jackson al punto de que durante el tiempo
muerto decidió, para sorpresa de los presentes, que el último lanzamiento
sería para Toni Kukoc, quien llevaba sentado en el banquillo un buen rato.
Pippen desafió al técnico negándose a salir a pista. Myers puso el balón en
juego desde medio campo y la media vuelta de Kukoc desde la alta bombilla
terminó dentro. La situación devino sumamente reveladora cuando toda la
plantilla en bloque, a excepción de Williams y Kerr, eludió la felicitación
al croata por el camino directo a vestuarios.

Únicamente el paso del tiempo hizo que todas aquellas fracturas sanaran. Y
el croata replicó su tripleta europea con otra tripleta NBA, algo que ningún
otro jugador en el mundo ha conseguido. Hasta 1998 conservó intacta su
adhesión a la Victoria, sólo que a diferencia de Europa, ya nunca volvió a
ser Kukoc el motivo principal.



Fuente: Gonzalo Vázquez - ACB.COM

 
 
 
 

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